Alerce Rojo - Paulainblue


Título: Alerce Rojo
Fecha:  Febrero de 2018 a la actualidad

Alerce Rojo es un proyecto en desarrollo que auna fotografía y escritura para narrar las historias costumbristas que suceden en el valle del Alerce Rojo. Suelo ir publicando notas de los sucesos en el blog






La encontré tejiendo, con un ovillo de lana rodando por el frio suelo de gres marmóreo. Era rojo, como la sangre densa o el vino añejo de la barrica de mi abuelo, imbebible, como también la sangre, y lleno de recuerdos dulces a uva madura. El ovillo rodaba con cada vuelta de punto rojo sobre fondo blanco; igual que el zorro de cola ahuecada que acababa de ver tras el cristal de la cocina, en la hora azul. Nevaba fuera, capté su mirada un instante, no me pidió permiso para entrar en el pequeño jardín, ni tampoco era yo quien para dárselo. Su familia vivía en esas tierras antes que la mia, decían sus andares, y aunque no fuese cierto, esa tierra le pertenecía. Parpadeé, sus huellas firmes sobre el manto blanco, las retuve durante otro parpadeo, hasta que la nieve las cubriese y solo él y yo supiesemos de su existencia, hasta que el ovillo se desvaneciese convertido en materia. La prenda roja, para el zorro rojo, en el valle de Alerce rojo.

A 13 de febrero
Desde Alerce Rojo 






Besé su mejilla antes de salir, dormía, como cada día al ponerse el sol. Mis manos todavía olían a manzana asada y a canela, el mismo aroma que perfumaba la casa durante muchas tardes de frio invierno y la cocina se llenaba de manos de mujer; tres generaciones asando manzana y picando canela con el viejo mortero y el almirez. La harina sobre la mesa, y en mi pelo, y los dedos traviesos pellizcando masa dulce antes de hornear. Las tartas descansaban su tiempo sobre la alacena, todas menos una, la misma que llevaba en una pequeña cesta colgada de mi brazo junto a los restos de manzana y pieles sobrantes. Era la entrega, lo que cogíamos del valle era devuelto al valle.


Me eche el mantillo sobre los hombros, rojo: como la sangre, tejido a mano por la yaya hacía solo unas lunas, con esos dedos gruesos y llenos de ampollas que la edad otorga. El frio me acarició el rostro como lo hace la mano invisible de las sábanas heladas que acogen mi cuerpo cada noche, solo que, ahora, no podía mecerme a merced de su arrullo. Tenía que apresurarme.
A 16 de febrero
Desde Alerce Rojo






Mi cestillo todavía desprendía olor a canela y a manzana, casi deseaba detenerme en mitad del camino y partir un trozo de tarta. Hacía frio, pero no había viento, ni lluvía, ni nieve; era un reposo hecho para mi. Agradecí a los dioses la tregua y eché a correr por la senda que bajaba hasta el pueblo. Crucé el lavadero y subí la cuesta. Nadie salió a recibirme, ni a nadie esperaba encontrarme. Enfilé la calle, pues no era al pueblo a donde yo me dirigía, más allá: donde comenzaba el extenso bosque y las montañas y a sus pies, rindiendo pleitesia; la casa de la vieja Nara. Esperaba que no fuese demasiado vieja para una luna más.


A 23 de febrero
Desde Alerce Rojo


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